Pedagogía Ignaciana

  • Los jóvenes deberían sentirse libres para seguir el camino que les permita crecer y desarrollarse como seres humanos. Nuestro mundo, sin embargo, tiende a ver el objetivo de la educación en términos excesivamente utilitarios. El énfasis exagerado en el éxito económico puede contribuir a extremar la competitividad y la obsesión por intereses egoístas. Como resultado, aquello que es humano en una materia específica o asignatura, pasa inadvertido a la conciencia del alumno. Y esto puede llegar a obscurecer fácilmente los verdaderos valores y objetivos de una educación humanística. Para evitar tal distorsión, los profesores de los colegios de la Compañía presentan los temas académicos desde una perspectiva humana, poniendo el énfasis en descubrir y analizar las estructuras, relaciones, hechos, cuestiones, intuiciones, conclusiones, problemas, soluciones e implicaciones que, en cada disciplina concreta, sacan a la luz lo que significa ser persona. La educación, por consiguiente, debe llegar a ser una investigación cuidadosamente razonada a través de la cual los alumnos forman o reforman sus actitudes habituales hacia los demás y hacia el mundo.
  • Desde el punto de vista cristiano, el modelo de la vida humana – y por consiguiente el ideal del individuo educado humanamente – es la persona de Jesús. Jesús nos enseña con su palabra y ejemplo que la realización de nuestra plena capacidad humana se logra en definitiva por nuestra unión con Dios, una unión que se busca y se alcanza en la relación amorosa, justa y compasiva con nuestros hermanos. El amor de Dios, entonces, encuentra su verdadera expresión en nuestro diario amor al prójimo, en nuestro cuidado compasivo de los pobres y los que sufren, en nuestra preocupación profundamente humana por los demás como pueblo de Dios. Es un amor que da testimonio de fe y se expresa a través de la acción en favor de una nueva comunidad de justicia, amor y paz.
  • La misión de la Compañía de Jesús hoy, como orden religiosa dentro de la Iglesia Católica, es «el servicio de la fe, de la que la promoción de la justicia es un ele-mento esencial». Es una misión enraizada en la creencia de que un mundo nuevo de justicia, amor y paz necesita personas formadas en la competencia profesional, en la responsabilidad y en la compasión; hombres y mujeres que estén preparados para acoger y promover todo lo realmente humano, que estén comprometidos en el trabajo por la libertad y dignidad de todos los pueblos, y tengan voluntad de hacerlo así en cooperación con otros igualmente dedicados a modificar la sociedad y sus estructuras. Necesitamos personas perseverantes y capaces de renovar nuestros sistemas sociales, económicos y políticos de tal manera que fomenten y preserven nuestra común humanidad, y liberen a las personas para dedicarse generosamente al amor y cuidado de los demás. Necesitamos personas, educadas en la fe y la justicia, que tengan la convicción poderosa y siempre creciente de que pueden llegar a ser defensores eficaces, agentes y modelos de la justicia, del amor y de la paz de Dios, en y más allá de las oportunidades habituales de la vida y el trabajo diarios.

Los rasgos fundamentales de la espiritualidad y pedagogía Ignaciana son las siguientes:

A) La imagen de Dios. Afirma la realidad del mundo y ayuda a la formación total de la persona dentro de la comunidad humana. Para Ignacio es una imagen transformadora de la sociedad y trascendente de la persona y de la historia (el Reino). La plenitud de la persona viene de algo que se le ha dado gratuitamente: la condición de hijo. La dimensión religiosa impregna toda la educación promoviendo el diálogo entre la fe y la cultura.

B) Libertad humana. Ignacio habla de una libertad radical, pues la persona está llamada a ser libre para trabajar en pro de la felicidad verdadera. De ahí el cuidado e interés individual por cada persona, la importancia de la actividad por parte del alumno y su apertura al crecimiento, a lo largo de la vida.

C) Cristo modelo de persona. La visión de Ignacio está centrada en la persona histórica de Jesucristo, modelo de toda vida humana por su respuesta total al amor del Padre en el servicio a los demás. La educación propone a Cristo como modelo y proporciona una atención pastoral adecuada, que promueve en libertad el conocimiento de su mensaje y la relación personal con el Cristo de la fe, que lleva a realizar gradualmente el compromiso cristiano.

D) La acción. Ignacio pide un compromiso total y activo de los hombres y mujeres, para imitar más plenamente a Cristo, poniendo en práctica sus ideales en el mundo real de la familia, la profesión, las estructuras sociales y políticas, etc. La educación es una preparación para un compromiso en la vida activa.

E) En la Iglesia.La respuesta a la llamada de Cristo se realiza para Ignacio en y por medio de la Iglesia. La educación de la Compañía es un instrumento apostólico, que prepara a los alumnos para una participación activa en la Iglesia y en la comunidad local.

F) El «magis». La preocupación constante de Ignacio fue el mayor servicio de Dios, que en educación se traduce por excelencia en la formación; una excelencia que trata de educar líderes en el servicio, agentes multiplicadores. Excelencia académica a condición de excelencia humana y cristiana. Y excelencia personal, según las posibilidades y cualidades de cada alumno. Excelencia, diríamos hoy, en la atención a la diversidad.

G) La comunidad. Desde el principio Ignacio compartió con otros compañeros su experiencia espiritual y humana. La educación es una misión común basada en la comunicación mutua entre los profesores, los directivos, el personal auxiliar, los jesuitas y los laicos. Se comparten los ideales, el proyecto educativo y las responsabilidades de gobierno. Se fomenta el diálogo familia-colegio, la participación de los alumnos y una relación creativa y constructiva con los antiguos alumnos. La estructura de la escuela debe facilitar la misión educativa.

H) El discernimiento. Ignacio y sus seguidores tomaban decisiones a través de un proceso de discernimiento personal y comunitario, realizado siempre en un contexto de oración. Los centros de la Compañía deben promover la reflexión y evaluación permanentes, en orden a lograr sus finalidades con mayor eficacia, adaptándose a lugares y personas. Para ello se requiere la ayuda en la preparación profesional y la formación permanente, especialmente de los profesores.

Esta es la aportación Ignaciana: la atención personal, la planificación minuciosa, la adaptación flexible, el enseñar a pensar, el cuidado del profesorado, el objetivo de una formación integral de la persona, abierta a la dimensión espiritual de la misma… Esta herencia educativa había permitido afirmar que Ignacio de Loyola y sus seguidores merecían ocupar un puesto entre los grandes autores de la educación universal.